Un Edificio sin Pasado, donde Habita la Memoria | Archivo histórico de Oaxaca de Mendaro Arquitectos

AUTOR: Luisa María Montero Pérez
Profesional apasionada por una arquitectura sensible al territorio.
DATOS DE LA OBRA:
NOMBRE OBRA: Edificio del Archivo Histórico del Estado. de Oaxaca
ARQUITECTOS: Mendaro Arquitectos.
ARQUITECTO RESPONSABLE: Ignacio Mendaro Corsini
FOTOGRAFÍA: Élena Marini Silvestri.
UBICACIÓN: Santa Lucía del camino, México.
AÑO: 2016.
ÁREA: 11,815 M2.
¿Puede un edificio joven ser un lugar de memoria?
Cuando pensamos en memoria, imaginamos edificios antiguos, muros desgastados y lugares marcados por el paso del tiempo. Pero ¿qué ocurre cuando un edificio nuevo nace con la responsabilidad de resguardar la historia de todo un territorio?, indiscutiblemente pensamos en aquello que permanece en el tiempo. Pensamos en los lugares que acogen la historia de un territorio o una ciudad; en los objetos que sobreviven a través de los años y en aquellos edificios que, como testigos de una historia, resguardan parte de su cultura. Es allí donde encontramos aquello que llamamos patrimonio: lo que una ciudad o un territorio decide conservar como representación de su pasado, de lo que fue y de aquello que, de alguna manera, continúa siendo.
Pero ¿qué sucede cuando un edificio todavía es demasiado joven para tener un pasado propio?
Esta pregunta surge al acercarnos al Archivo Histórico de Oaxaca, en Santa Lucía, México, un edificio que apenas cuenta con una década de existencia. Su arquitectura no nace de la acumulación ni de la permanencia del tiempo; por el contrario, nace con una misión particular: resguardar la memoria de otros.

Mi cuestionamiento parte precisamente de esa condición. El edificio, por sí mismo, no posee la antigüedad que solemos asociar con aquello que llamamos patrimonio. Sin embargo, dentro de sus espacios habita algo que sí posee ese valor: una memoria construida colectivamente durante generaciones, contenida en documentos, registros y evidencias que encuentran en este proyecto un lugar para permanecer. Por lo tanto, la pregunta no parte de si el edificio tiene suficiente antigüedad para ser patrimonio, sino de si aquello que resguarda es capaz de otorgarle una memoria propia.
Custodiar la memoria no significa únicamente almacenar aquello físico que pertenece al pasado. También implica crear las condiciones y los espacios necesarios para que ese pasado pueda conservarse, consultarse y compartirse. En el caso del Archivo Histórico ocurre algo particular: su implantación convierte al proyecto en un puente entre condiciones que, a primera vista, podrían parecer opuestas: conservar y abrir, proteger y compartir, guardar y habitar.
Un lugar que ya sabía recordar

Al analizar el lugar donde se implanta, encontramos que la historia del edificio no comienza con su construcción. El sector del Parque de “Las Canteras” constituye un lugar de significado para los ciudadanos oaxaqueños; un territorio reconocido, un paisaje que forma parte de la memoria colectiva y, en definitiva, un lugar que ya sabe recordar.
Esto hace que la juventud del edificio sea aún más particular. No se implanta sobre un territorio vacío de significado; por el contrario, llega a un lugar donde la memoria ya está presente. El edificio no inicia una historia desde cero, sino que se incorpora a una historia que ya existía. Lo tangible y lo intangible comienzan así a encontrarse en un mismo lugar.
Esta tensión parece encontrar respuesta en la propia organización del proyecto. El Archivo Histórico de Oaxaca no se plantea únicamente como un edificio destinado a contener documentos. Su distribución establece distintos grados de relación con el público y con aquello que necesita ser protegido. Esta relación entre abrir y conservar se hace evidente desde la manera en que se organiza el programa.
Cuando lo existente marca el recorrido
La topografía influye en la organización del edificio. El desnivel del lugar exige resolver diferentes alturas y niveles por lo que está condición contribuye positivamente en el programa siendo este mismo de cuatro niveles y así establecer diferentes relaciones en el interior del edificio, sus usos y de quienes lo recorren.
El primer nivel acoge los espacios de mayor apertura hacia lo público, facilitando el acceso a los documentos y archivos para quienes lo necesiten, como investigadores y estudiantes. A medida que el recorrido avanza hacia los demás niveles, los espacios van tomando carácter más controlado y especializado, respondiendo a las exigencias para la conservación de la documentación.

Está organización establece diferentes relaciones de proximidad con la memoria, espacios destinados a encontrarse con ella y otros destinados a garantizar su permanencia. El proyecto busca que la protección de los documentos no limite la posibilidad de acceder a ellos, haciendo que el archivo sea un lugar donde conservar y compartir forman parte de un solo momento.

La implantación del edificio permite que se incorporen los diferentes recorridos de la ciudad, adicionalmente de integrar a su organización el paisaje existente. Sus accesos no se entienden únicamente como entradas al edificio sino que son el resultado de una vinculación de los recorridos tradicionales o cotidianos de la ciudad, dando puntos capaces de trazar un inicio y un final entre el proyecto, siendo finalmente una ruta y experiencia urbana.
El paisaje que permanece
La relación con el territorio no termina en su implantación. Al recorrer el edificio, encontramos que la disposición de los volúmenes no responde únicamente a una organización topográfica, sino que sus desplazamientos y retranqueos generan aperturas hacia aquello que caracteriza y da identidad al lugar: su paisaje, su vegetación y su entorno.
Entre los volúmenes aparecen vacíos, patios internos y espacios de transición que permiten que el paisaje permanezca presente dentro del proyecto. Estos espacios adquieren así un valor que va más allá de lo formal. Son lugares donde el edificio vuelve a encontrarse con el territorio que lo recibió. Mientras los documentos conservan una memoria construida a través de generaciones, el proyecto también establece una relación con la memoria que permanece en el paisaje y en la experiencia del lugar.

Adicionalmente, los patios no son únicamente espacios de transición entre el proyecto y el parque, también juegan un papel fundamental en la recolección de aguas lluvias para alimentar la red hídrica existente del parque que conecta directamente con las piscinas que se encuentran en ese lugar, estableciendo una conexión funcional entre la nueva arquitectura y su entorno.

Entre la luz y la sombra

La relación con el territorio también se hace visible en la materialidad del edificio. Los muros de hormigón con tonalidad ocre buscan apropiarse de los tonos característicos de la región mixteca y establecer desde la piel del edificio un vínculo con el lugar que lo rodea. Durante el recorrido los volúmenes dejan apreciar un juego constante entre la luz y la sombra propia de la arquitectura oaxaqueña, esa relación entre llenos y vacíos que no solo se aprecian en la armonía entre patios y zonas construidas sino de una arquitectura que permite que la luz se filtre, se detenga y se transforme en penumbra. Diferentes elementos hacen que se generen transparencias y sombras que modifican la percepción de los recorridos y de los espacios interiores.
En el Archivo, estos elementos son una reinterpretación de algunas de sus formas de relacionarse con el entorno. La luz atraviesa, la vegetación acompaña y los recorridos se vuelven espacios intermedios entre el interior y el exterior.

Un edificio que empieza a recordar

De esta manera, el archivo no se limita a conservar aquello que está contenido en sus documentos. También establece un diálogo con aquello que permanece fuera de ellos: el territorio, la vegetación, los recorridos y los espacios que forman parte de la memoria colectiva.
Quizá ahí se encuentre una de las particularidades de este edificio: aunque todavía sea demasiado joven para haber acumulado un pasado propio, nace en medio de uno que ya existía. Recibe documentos que cuentan la historia de generaciones, se implanta en un paisaje que guarda sus propias huellas y construye espacios para que esa memoria pueda ser consultada, compartida y transmitida.
Entonces, la pregunta inicial adquiere otra dimensión. ¿Puede un edificio joven ser un lugar de memoria? Tal vez no porque el tiempo ya haya dejado sus huellas sobre él, sino porque la arquitectura puede convertirse en el lugar donde esas huellas encuentran la posibilidad de permanecer.
Y quizás sea precisamente ahí donde un edificio comienza a tener su propia historia: no cuando acumula años, sino cuando empieza a formar parte de aquello que una sociedad decide recordar.





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