¿Puede una cubierta convertirse en toda una casa? | Casa de las Tejas Voladoras de Daniel Moreno Flores
- Revista Focus
- hace 5 días
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DATOS DEL PROYECTO:
PROYECTO: Casa de las Tejas Voladoras.
ARQUITECTO: Daniel Moreno Flores.
UBICACIÓN: Pifo, Quito, Ecuador.
AÑO: 2018.
SUPERFICIE: 200 m² según Arquine / 68 m² interiores + 130 m² exteriores según ARQA.
FOTOGRAFÍA: JAG Studio, Daniel Moreno Flores, Santiago Vaca Jaramillo.
CONSTRUCCIÓN: Luis Guamán.
CÁLCULO ESTRUCTURAL: Patricio Cevallos.
COLABORADORES: Nicole Montero, Cristian Navarrete, Martín Pasaca, Jaime Tillería, Pablo Betancourt.
CLIENTE: Emilia Andrade.
MATERIALES PRINCIPALES: Tejas recicladas y nuevas, estructura metálica, madera de abeto, estructura de eucalipto, duelas recuperadas de eucalipto, totora del lago San Pablo, tejuelos y tejas.
TIPOLOGÍA: Vivienda unifamiliar / casa de campo.
Hay casas que se explican desde sus muros. Otras, desde su planta. Y luego está la Casa de las Tejas Voladoras, diseñada por Daniel Moreno Flores en Pifo, Ecuador, una vivienda que parece hacerse una pregunta mucho menos común: ¿qué pasaría si la cubierta no solo protegiera la casa, sino que fuera la casa?

Desde lejos, el proyecto aparece como un volumen abstracto y reconocible. Una estructura metálica sostiene una serie de tejas colgadas —viejas y nuevas— que envuelven la vivienda como una piel ligera, casi flotante. Pero lo más interesante no está únicamente en ese efecto visual. Las tejas no están ahí para “verse raras”. Funcionan como filtro, límite, memoria material y estrategia de atmósfera.
La casa no se cierra como una caja. Se cubre, se vela, se deja descubrir.

Y eso cambia por completo la manera de habitarla. Porque en lugar de llegar a una vivienda que se muestra de inmediato, el usuario entra a un pequeño universo de sombras, alturas, planos inclinados, árboles, pájaros, lectura y montaña.
Una casa diseñada desde la personalidad de su habitante
La Casa de las Tejas Voladoras no nace de una fórmula genérica de vivienda. El diseño parte de la búsqueda de la esencia de su propietaria, una persona creativa, lúdica, sensorial, interesada en descubrir, en los procesos, en las mutaciones y en los cambios del espacio.

Ese punto de partida es importante porque explica por qué la casa se siente tan poco convencional. No parece pensada para cumplir una lista rígida de habitaciones, sino para traducir una forma de ser en experiencia arquitectónica.
Incluso la metodología de diseño se relacionó con la pasión de la propietaria por la ilustración. Daniel Moreno Flores trabajó con dibujos como herramienta de exploración, aproximándose a la casa no solo desde la técnica, sino desde imágenes, intuiciones y significados personales.
¿No es interesante pensar una casa como una especie de retrato habitable? No un retrato literal, sino una arquitectura capaz de absorber rasgos de quien la vivirá: su manera de mirar, de imaginar, de leer, de sorprenderse.
Por eso la casa no se entiende de un solo golpe. Se descubre.
Primero el amanecer, luego el emplazamiento
Antes de definir la ubicación exacta de la vivienda, se realizó un evento con la propietaria para observar el amanecer y entender por dónde salía el sol. Esta decisión podría parecer poética, pero en realidad es profundamente arquitectónica: orientarse no es solo mirar un plano, también es reconocer cómo el día aparece en el lugar.


La casa se emplazó entre varios árboles, sin retirar ninguno. En lugar de limpiar el terreno para imponer una figura autónoma, el proyecto buscó que la vegetación abrazara la vivienda. Los árboles no quedaron como paisaje de fondo, sino como parte del sistema espacial de la casa.
Esa decisión le da al proyecto una cualidad muy particular. La vivienda parece haber llegado después, pero sin interrumpir demasiado. Como si hubiera encontrado un hueco entre la vegetación y se hubiera acomodado ahí con cuidado.
La orientación principal mira hacia la montaña, reforzando una condición contemplativa. La casa no se plantea como un objeto aislado, sino como una herramienta para intensificar la relación con el cielo, la vegetación baja, las aves del lugar y el paisaje cercano.
Y para construir esa relación, la cubierta hace el primer gran gesto.
Las tejas que cuelgan como si pudieran volar

La imagen más poderosa del proyecto está en las tejas suspendidas desde la estructura metálica. Tradicionalmente, la teja se entiende como un material pesado, apoyado sobre una cubierta inclinada, asociado a la protección frente al agua y al tiempo. Aquí, en cambio, las tejas se liberan parcialmente de esa lógica. Cuelgan. Filtran. Definen muros. Producen una envolvente que parece más textil que masiva.
Esa inversión es lo que hace tan memorable a la casa. La teja deja de ser un remate superior y se convierte en una piel vertical. No solo cubre; también envuelve.
Además, muchas de estas tejas fueron recuperadas de casas de Quito, junto con maderas fuera de uso. El proyecto trabaja con materiales del territorio y con desechos de la ciudad, reutilizando elementos que aún tenían valor, aunque ya hubieran sido descartados.
Esto le da otra capa al proyecto. Las tejas no solo vuelan visualmente; también viajan desde otras casas, desde otras historias, desde otros ciclos de uso. La arquitectura se arma con fragmentos que ya tuvieron una vida previa.
Y ahí aparece una pregunta muy potente: ¿cuántos materiales que llamamos desecho podrían convertirse en arquitectura si los miráramos con más imaginación?
Un impluvium para leer el cielo
El volumen principal de la casa se configura como una especie de impluvium: una gran cubierta que recoge, concentra y dramatiza la relación con el cielo. En su parte inferior incorpora un pozo de luz por donde, durante los equinoccios, la luz entra de manera vertical.
Ese detalle convierte a la casa en una especie de instrumento solar. No se trata solo de “tener buena iluminación”, sino de permitir que ciertos momentos del año se vuelvan visibles dentro de la arquitectura.

Al exterior, la cubierta genera una terraza inclinada contenida por las tejas colgadas y el cielo. Este espacio está destinado a la lectura, una actividad que aparece como parte esencial del carácter de la vivienda. Leer aquí no ocurre encerrado en una habitación convencional, sino suspendido entre tejas, inclinación, paisaje y aire.
La casa construye lugares para detenerse. Para mirar. Para imaginar. Y eso se refuerza con los volúmenes interiores.
Volúmenes que abrazan árboles y miran la montaña

Al entrar a la vivienda aparecen planos y volúmenes que conectan diferentes alturas. Uno de ellos configura el dormitorio y, en su parte superior, un espacio de contemplación hacia la montaña. Otro se compone de planos que abrazan un árbol, haciendo que su follaje esté presente dentro del baño.
Ese gesto resume muy bien la sensibilidad del proyecto. El árbol no se bordea como obstáculo ni se encuadra como decoración: se incorpora como habitante. Su presencia modifica el baño, transforma la percepción del interior y recuerda que la casa no está sola en el terreno.
La arquitectura aquí no busca domesticar completamente la naturaleza. La deja entrar de formas inesperadas.
Y quizá por eso la vivienda se siente tan cercana a una experiencia de juego. No juego en el sentido superficial, sino como exploración: subir, bajar, descubrir, encontrar un rincón de lectura, mirar una sombra moverse, reconocer una teja vieja, acostarse a contemplar la montaña.

Una casa que convierte el reciclaje en imaginación

Casa de las Tejas Voladoras demuestra que la reutilización material no tiene por qué verse pobre, improvisada o limitada. Al contrario: cuando se trabaja con inteligencia, los materiales recuperados pueden construir una arquitectura más rica, más narrativa y más sensible.
Aquí las tejas recicladas no se esconden ni se usan como simple decoración rústica. Se convierten en el gesto principal del proyecto. La madera recuperada tampoco aparece como un recurso secundario; forma parte de una estrategia más amplia que busca materiales disponibles en el territorio y en la ciudad.
La casa tiene algo profundamente contemporáneo, aunque trabaje con elementos tradicionales. No porque adopte una estética tecnológica o pulida, sino porque responde a preguntas urgentes: cómo construir con menos extracción, cómo dar segunda vida a los materiales, cómo diseñar desde el lugar y cómo hacer que una vivienda pequeña pueda sentirse enorme en experiencia.
Al final, esta casa no solo sorprende porque sus tejas parecen volar. Sorprende porque nos recuerda que la arquitectura puede nacer de una mirada menos rígida sobre lo cotidiano.
Una teja usada, una madera descartada, un árbol existente, un amanecer, una ilustración, una montaña y una lectora pueden ser suficientes para construir una casa inolvidable.
¿Tú vivirías en una casa donde la cubierta no solo te protege, sino que también te invita a imaginar?




























































































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